miércoles, febrero 28, 2007

EL LABERINTO

Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres.
—Jorge Luis Borges. Los dos reyes y los dos laberintos


Moverse ahora con la torpeza de la angustia sería perderse, abandonar la conciencia, caer en la no-realidad de la desesperación y desamparar a su pequeño quién sabe en qué mundo y en qué horrenda aflicción, quién sabe en qué recuerdo de infancia que años después eclipsaría toda alegría posible. Estaba parado en el borde, la desesperación era el abismo, le urgía detenerse, obstruir el movimiento de las cosas, eliminar la causa de su vértigo. Su hijo se había extraviado en el parque, hace unos minutos lo traía de la mano y reía, ahora era devorado por las paredes de ese maldito laberinto que es el universo, Borges dixit, ese remedo de universo que era el laberinto del parque de diversiones. En el borde de la desesperación no podía salvarlo el recurso a la metáfora.
Como uno de esos milagros que se derivan de estar vivo, su conciencia sobrenadó y lo arrastró a una isla de cordura; precaria, es cierto, pero asible para una rama sacudida por la angustia. Y ¿por qué debía detenerse ahora? La monstruosa historia era un carro que tapaba el sol, sus ruedas convertían el paisaje en un fango pestífero que nadie deseaba pero todos sufrían. Debía detenerse, sin embargo, para hacerse dueño al menos del lapso desafortunado que se había deslizado desde que decidió entrar con su hijo al parque de diversiones. Lo había aprendido destruyendo objetos, unas veces dañándose a sí mismo, otras veces dañando a seres que amaba: cuando se ha cometido un error de perspectiva, se insiste en el error; el miedo esclerosa la capacidad de discernir, de regresar sobre los pasos dados. Como el aviador que cree firmemente encontrarse en cierto lugar señalado en el mapa, cuando en realidad se encuentra lejos de ese punto, aferrado con violencia a un equívoco, él debía detener incluso su lógica, especialmente su razón orgullosa, contaminada ahora por el pánico; debía reconstruir su mapa, para no elegir la ruta más coherente hacia su perdición.
Regresó a la puerta de hierro cuya advertencia borrada por la herrumbre no alcanzó ahora a descifrar. Tuvo de nuevo entre sus manos los dedos menudos que desde hace apenas cuatro años venían posándose sobre las cosas. Sabía que era una simple reminiscencia, pero le resultó consolador constatar que pueden conservarse tibias unas manos en la memoria. Una jirafa y un elefante de concreto ramoneaban junto a un riachuelo emboscado; alguna vez salieron del parque esas fieras, camufladas en las películas fotográficas. La locomotora, del más duro metal, estaba abollada por las pisadas de los niños, por los muchos intentos de escalar sus colores. El laberinto había sido puesto al final. Varios metros a la izquierda, una mano gigantesca depositó, segmento a segmento, con la paciencia de lo colosal, un túnel sobre la hierba.
Por encima del dédalo era fácil divisar una cerca de alambre, completada por una paredilla de tapia pisada, fronteras del mundo conocido para dos vacas blanquinegras y una oveja mellicera con sus crías. Tal vez fue el contraste entre los animales de cemento y los rumiantes vecinos, lo que llevó a su hijo a emprender una carrera inesperada hacia el final del parque. El hombre sintió temor por lo brusco de la reacción infantil; hace unos meses, una carrera más lenta lo habría lanzado de bruces contra la grama. Aunque lo sorprendió tal arranque de vitalidad, lo entendió como un buen signo.
Pero el niño no llegó hasta el alambre de púas; se detuvo justo en la entrada del laberinto. Las paredes que apenas superaban su estatura, estaban desencaladas por los dedos de la lluvia, del sol y de los niños. Entonces el hombre pensó en llamarlo, el laberinto podía estar sucio. El niño advirtió la prisa que delataba a su padre, se detuvo un momento para disfrutar de la travesura, el padre reprimió un grito de desaprobación, y el niño entró deprisa entre las paredes blancas, seguido por una carcajada y la presentida carrera del hombre parque abajo.
Al comienzo le pareció que bastaría mirar por encima de los muros medianeros para descubrir a su hijo; pero tuvo que guiarse por la risa, que terminó por desleírse entre los tabiques invisibles del viento, y por el sonido de los pasos que conservaron siempre su intensidad. Estaba confiado en una ventaja innegable: para un niño el mundo es más grande. Esperaba encontrarlo tras un recodo cualquiera, pero las risas se adelantaban y debilitaban un poco cada vez, o se dividían hasta el infinito como sucedió con la distancia entre Aquiles, el de los pies ligeros, y su tortuga fugitiva, Zenón de Elea lo dijo.
Escaso tiempo, medido en la oscilación de sus pasos, le bastó para encontrarse al final de aquel artefacto. En ningún recoveco se cruzó con su hijo, ni pudo verlo huir entre los pasajes aledaños, fácilmente divisables desde su estatura. Le bastó un instante para ver materializarse desde su interior el sentimiento de separatividad, ese abismo entre los seres, cuyos extremos son el nacimiento y la muerte, las coincidencias nunca cumplidas, las fugas, las despedidas. Nada se oía, ni siquiera los pasos que hasta ahora habían sido crueles en su constancia. Sin perder tiempo decidió entrar al laberinto por un acceso lateral. El silencio le anunciaba que de un momento a otro iba a escuchar la explosión de una risa; pero el silencio insistió. De los pasos había quedado el eco, a la manera de un metrónomo extraño. En cuanto detectó movimiento en una esquina, se encaminó hacia allá; le cerró el paso un niño obseso sentado en el piso, bajo la supervisión de un adulto de rostro inexpresivo. En ese momento empezó a preocuparse, o fue tal vez la vergüenza con que se culpaba por su miedo. Dio una vuelta por el exterior: el laberinto tenía cuatro salidas, o dos entradas y dos salidas, o cuatro entradas. Las vigiló, revisó metódicamente los pasajes cercanos. La vergüenza le dio licencia para asustarse a sus anchas. Si de él dependiera, se encaramaría a las paredillas para tener un campo visual muy amplio, incluso había visto niños mayores haciendo equilibrio entre los senderos que se cruzan; pero pudo más el respeto humano: continuó caminando con prisa y con miedo. Volvió a la entrada donde vio a su hijo por última vez, podía decirse que ya estaba fuera de sí, no se pertenecía, no le pertenecían sus actos, pesados y torpes por la carga del desconsuelo. No obstante, le quedaron arrestos para representar la cordura en ese escenario que había sufrido tan violenta muda: se ubicó en el punto de partida, tomó el ser de su hijo, miró hacia atrás y sonrió hacia el mismo lugar adonde su hijo le había dirigido su sonrisa, y entró deprisa al laberinto, agobiado por una carcajada lejana. No tardó en encontrar la primera bifurcación, escogió ir a la derecha, y una vez más a la derecha, hasta encontrar un camino clausurado; volvió sobre sus pasos hasta la bifurcación, tomó el sendero de la izquierda y se encontró de manos a boca con otro sendero clausurado. Si no estuviera tomado por la angustia, sería cosa de risa, ahora en la confusión sucedía que la entrada y la salida del laberinto estaban incomunicadas. Regresó una vez más al punto de partida.
Para ese instante, ya había logrado llamar la atención de los visitantes del parque. Con la intención de obtener algún indicio, incluso una graciosa indicación de cierto equívoco que lo pusiera a salvo de la angustia, al precio justo del ridículo, llevó su mirada hacia una pareja de jóvenes que, recostados en la hierba, se apeaban del último sol de la tarde. Pero los muchachos quizá no se habían enterado de su drama. La muchacha lo miró con extrañeza, qué hacía un hombre solo en el laberinto, podía tratarse de un pederasta extraviado, no era precisamente un cuadro enternecedor. Aún así, la mirada era dulce. El muchacho, por su parte, se creyó en la obligación de ser hostil, nadie miraba tanto tiempo a su dama; pero no podía hacer evidente su ego vulnerable, así que mudó la hostilidad en un gesto despectivo, una mueca de sonrisa apareció en medio de la mirada insolente y sostenida. Él desvió la mirada, lo que menos necesitaba era que un machito lo retara. Entonces el joven dirigió su odio hacia la mujer que amaba.
Junto al camino de acceso se habían sentado un hombre y una mujer cuarentones, de esos que a fuerza de convivir terminan por parecerse; los acompañaba un adolescente que daba vueltas tras un labrador dorado. Ellos sí lo habían visto en el parque, e hicieron un comentario audible acerca de los ojos inmensos y el cabello rubio cuando el niño se sintió atraído por la mascota. Con esta certeza, la mirada del hombre fue en busca de auxilio. Ellos respondieron sonriendo; qué encanto de niño que tan bien se había ocultado, usted debe sentirse orgulloso sin duda, nos alegramos por eso, le dijeron sin hablar. Pero él creyó percibir un fondo de burla, o acaso lástima que lo minorizaba; estaba tomado por esa intraducible conciencia de la propia miseria, la Litost, Milán Kundera dixit.
La mujer intuyó que él necesitaba ayuda; quizá, sin palabras, pudo sincerarse en un segundo, vencido por la calidez de esa figura femenina: ademanes, perfume, incluso formas hechas para aliviar. Ella fue poniéndose en pie, apoyada en la rodilla del esposo, y mantuvo su vista fija en aquel semblante apesadumbrado. Él sentía que lo miraba con insistencia, que le arrancaba una confesión aunque ya había hundido la cabeza en el abrigo. El esposo y el muchacho entendieron de inmediato ese lenguaje y la siguieron. Le produjo al tiempo sosiego e inquietud confesar su desesperación a extraños, aunque hubieran puesto su bondad por delante; era una forma de rendirse, de reconocer su debilidad, tan palpable e inesperada.
Prácticamente decidieron por él y organizaron la búsqueda. En cualquier lugar podía estar el niño, pudo salir del laberinto sin que nadie lo advirtiera. Los esposos interrogaban a las personas, el joven hacía las pesquisas físicas. El túnel aledaño estaba vacío, podía verse desde los segmentos ligeramente separados para hacer las curvas; a la derecha estaban los juegos mecánicos, desiertos pues comenzaba a hacer frío; los límites del parque en esa sección estaban señalados con una cerca de seis hilos de alambre. Revisaron los sitios por donde pudo haber caído el niño. Más allá estaba el río, cuyo lecho era fácilmente escrutable desde esa posición. Un gigantesco eucalipto servía de puente; era un peligro evidente; pero entre las piedras del fondo no se divisaba signo alguno de vida o muerte, excepto las hojas arrastradas por el escaso caudal transparente. El cansancio era un aletear miserable, sólo redimible con la muerte.
Él dejaba hacer, a veces se culpaba de imaginar a su hijo muerto, y arrastraba esa culpa tras de los samaritanos, escaso ya de voluntad. Peinaron la selva de cemento, el riachuelo que nacía en el diminuto lago de los patos, las canchas y las cabañas con planchón y asador. Únicamente cuando le propusieron ir a exponer su situación en la estación de policía, volvió a hacer uso de su albedrío: permanecería en el parque, insistiría en la búsqueda mientras los otros hacían la diligencia judicial.
Se quedó solo en el parque. Sus auxiliadores se escurrieron entre las cadenas que ya habían sido aseguradas por el encargado del lugar. Pasó nuevamente frente a las siete cabañas olorosas a cenizas; para indagar una vez más atrás de ellas, tuvo que salirse del camino, porque ya la oscuridad se había tomado esos muros, con la complicidad de las ramas de los árboles. Los visitantes habían desocupado la tarde-noche, abandonando parpadeantes rastros de sus almas fosforescentes; las vacas ennegrecieron y las ovejas se hicieron pardas como el suelo que habían despojado de su traje verde; únicamente permanecieron indemnes las siluetas de cemento. Desde el puentecito que cruzaba el riachuelo, vio que el túnel reptaba hacia el laberinto, acorralado en la penumbra al final de aquel mapa. El encalado tenía ahora un extraño brillo gris, de esas claridades que no son un favor sino una advertencia. En ese paisaje, su mente cedió a la representación de sí mismo paseando a solas por el parque, acaso comprando para su hijo algún encargo dulce. Pero no tardó en desechar esa fantasía, por inoportuna y vana.
Caminó entre la hierba más alta y húmeda, hasta que estuvo a unos diez metros de su enemigo, las dos salidas anteriores habían definido ya su vocación de fauces. Hizo la sabida recapitulación, como un último esfuerzo de recuperarse por medio de la memoria. En cuanto llegó a su presente huidizo, las piernas cedieron al cansancio. Las manos quisieron vendar sus ojos para no seguir haciendo honor o reto al laberinto; pero apenas alcanzaron a servirle de antifaz sobrecogido. No pudo llorar, se derrumbó sin ruido, el edificio interior se quebró por su centro, no pudo aferrarse a las lágrimas, la destrucción de su mundo no admitía retorno. El miedo devino en contemplación.
“¿Papá?”, creyó escuchar dentro de sí, fuera de sí, la locura es afecta a los soliloquios. Tal vez se tratara de esos sonidos de la ciudad que no merecen atención pues a ninguna realidad corresponden, como martillazos que hacen el efecto de disparos lejanos, o esos gritos que pueblan una callejuela, momentos antes de que uno la divise en toda su extensión y la encuentre vacía. “¿Papá?”, volvió a sonar desde la noche, que ahora anidaba en mitad del laberinto. ¿Había dejado tanto tiempo a su pequeño, que ahora era un extraño? ¿Seres que hemos parido pueden devenir en amenaza? Cuando escuchó el llamado por tercera vez, no se le antojó reclamo sino reto. O señuelo del abismo. El silencio lo detuvo todo para que él percibiera con nitidez el timbre de una voz infantil cercana y ajena, que se tornó densa y total en ese espacio: “¿Por qué no vienes a buscarme?”.

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miércoles, marzo 01, 2006

SOLILOQUIO QUE NANCY NO VA A ESCUCHAR

Soliloquio
que Nancy no va a escuchar


Manuel Iván
Urbina Santafé


El cuarto era pobre y ordinario,
oculto encima de la equívoca taberna.
Por la ventana se veía la calleja,
estrecha y sucia. (...)

Y allí sobre vulgar y humilde lecho
fue mío el cuerpo del amor...

CONSTANTIN PETROS CAVAFIS



[DE LA FORMA]

Para contar una historia, empozada en lo que dicen que es la memoria, esa especie de arcón que llevamos dentro, o lo arrastramos, y pueden pulverizárnoslo fácilmente con un balazo, con unas cuantas copas, una enfermedad terminal o haciéndonos zancadilla; en fin, para contar ese tejido que vivimos trasteando y un día nos damos cuenta de que está ahí, porque alguien sin querer, eso dijo, hala lo que parecía una motita y resulta que se viene buena parte de la madeja, y en eso parece consistir la imaginación, o el pensamiento, o cualquiera de los signos e imágenes que se han usado para representar ese suéter viejo. Para contar lo que se mueve en el pensamiento —démosle por ahora este nombre—, y contarlo sin intermediarios, como se nos aparece en la cabeza cuando la siesta termina y el culpable que nos habita se va a continuar sus deberes mientras el ello se queda haciendo tiempo en la cama, se podrían omitir, si de un problema gramatical se tratara, todos los signos de puntuación, o quedarse a lo sumo con la coma y el punto y seguido, que bien se puede reemplazar por alguna mayúscula no clasista, porque entre los pensamientos no hay mucha coordinación, ni les place subordinarse, sino que se yuxtaponen, se vienen uno tras otro, uno sobre otro, se pisan, se empujan, se encaraman, sobrenadan, al principio como unos pececitos grises, de lo más aburridos, luego como un cardumen multicolor, y muchos de ellos vuelven a su color originario, a merced del olvido, que protagoniza tempestades silenciosas —y licenciosas— aparecen de barriga cada cierto tiempo, flotando en la superficie del cesto de la basura.

[DEL CONTENIDO]

Uno guarda sus desvalidas esperanzas, y no está exento de cierto patetismo, una mezcla de miseria y tristeza. Algo al menos debería placerle al cielo que se hiciera realidad, pero generalmente no es así, o sucede luego de que no hemos tenido reparos en humillarnos ante el destino, los enemigos, los seres amados, los prestamistas, o quien sea. Milimétricamente, lo que uno anhela no se cumple. Basta con desearlo, ya lo dijo Betty Blue, para que nos sea negado. Y eso es más preciso cuando la felicidad depende de lo que otro haga. Hasta pensar en esas cosas puede parecer una cursilería, pero así es, no deja de ser una evidencia cotidiana, cuando no le toca a uno, le toca a los vecinos, pero es mejor que nos toque, así no nos hacemos mala sangre con la culpa, con la conciencia o con esa lástima que arranca pedazos de alma, nos inmoviliza y al cabo de todo no sirve para nada, no compromete, porque le basta al alma ese dolorcito de meretriz que la limpia de pecados más negros que el cainismo, y la prepara para seguir siendo indiferente frente a otros crímenes, puestos ya por obra en ese prostibulito recargado de luces, ceremonias y adornos maricones que es la vida.

[LOS HECHOS]

Ya había pasado varias veces por el frente de su casa, casi me la arriendan, pero no, al final se la dejaron a un policía. Cuando tenía que hacer una vuelta por Motilones, le imaginaba pequeñas variaciones al recorrido para que coincidiera varias veces con esa cuadra, aunque siempre encontraba la puerta cerrada y ya me habían contado que se organizó con un novio de antes, y que se fue del barrio. Hasta de noche, bien tarde, venía yo a su vecindario, cuando era menos posible verla. Incluso le hice una visita de madrugada, en la hora más oscura me puse a llamarla en voz baja, como si ella todavía ocupara su cuartico de soltera. En esas me encontraba cuando vi aparecer por el extremo de la calle una gallada grande y me tocó acostarme en el antejardín, cuidándome de no respirar mientras pasaban; menos mal que esa vez no me dio hipo. Luego me dediqué a mear todas las maticas del antejardín, con la conciencia de ser vigilado desde atrás de la oscuridad. Yo de eso sí me alcanzo a acordar, aunque no pareciera el mismo que vino tiempo después, modocito, a sentarse en el sillón rojo de la sala, dicen que la vergüenza no tiene conflictos con la memoria. Era diciembre, todo tenía un buen sabor, el que dan los deberes escolares cumplidos, o la ausencia de deberes. Qué vaina el tiempo, y cómo es de empalagoso cuando nos permitimos recordarlo, cómo se adorna y le da por regresar a lugares de dudosa felicidad. Tal vez sea porque en esos días primordiales madrugábamos para las novenas de aguinaldo y alcanzábamos a ver el mundo humedecido: el musgo crecía ante nuestros ojos, como si en todo el barrio Dios estuviera haciendo un pesebre y nosotros fuéramos las ovejitas y los pastores, los carritos más pequeños que patos de hule. Nos veíamos desde temprano, a escondidas; como para tener todo el día algo qué recordar, generalmente nos ofrecíamos para cuidarle la casa a la abuela, y nos daba una exploradera hasta rara, de esas que sirven para aprenderse de memoria el cuerpo y así andar palpándolo el resto del día en el pensamiento, y andar oliéndolo siempre, hasta confundirlo con el aroma del barrio que bailotea en la resolana de las once y al mediodía se seca, porque qué se va a poder oler con ese puto bochorno, cómo recordar un cuerpo hidratadito si de lo único que dan ganas es de empelotarse, no con buenas intenciones, sino para escapársele al calor, nada más.

[FOTOGRAFÍA]

A veces posaba para la nostalgia, mi deseo era la cámara oscura. Estos recuerdos evidencian ya un deterioro color sepia, y en pocos años desaparecerán. Se dirigía al fondo del salón, dejaba la ropa junto a un tablero, y desde allí sonreía con todo su cuerpo, especialmente con la redondez acaramelada de sus senos. Yo la contemplaba desde el patio, sin imaginar que aquella piel iba a realizar un viaje cuyo desenlace estaría vedado para mí. Qué más podía desear, cómo iba a vislumbrar su ausencia si no había tiempo en mis ojos para esas cosas. En uno de sus trances daguerrotípicos, sacó del escritorio un libro de poemas que aún conservo, Este libro se acabó de imprimir en Madrid, en casa de Manuel Tello, el día XXVI de febrero del año de MDCCCLXXXV, después había una viñeta, una antigua ramita de plomo. Lo recibí como debía ser, como un objeto sagrado, pues perteneció a su padre fallecido, y yo compartía con él mi nombre, haber sido educados en un seminario católico, el gusto por deambular desnudos por el patio y otras coincidencias que sin duda hubieran sido de provecho para los psicoanalistas. En las noches, a salvo en mi cuarto, abriendo camino entre los escombros que interpone el tiempo, solía tomar el libro, acariciaba el empaste de cuero, me detenía en los rayonazos rojos que seguramente fueron las primeras letras de Nancy, y comenzaba a leer las páginas en que el libro se abría automáticamente por fuerza de la costumbre y las emociones de su lector primero. La he vuelto a ver, tú prepararás mi lumbre, el mal siempre presente, la dicha siempre ausente, adiós a ti, y oigas un nombre, el nombre ya olvidado que dabas al que acabe de morir. Esas y otras claves vinieron a mí, ennegrecidas, subrayadas por las mil lecturas que puede hacer el desamor, las recibí de sus manos. Entonces, tocado por la historia, nombré a Nancy bibliotecaria de Alejandría, desnuda tras de los estantes incendiados.

[GAVIEROS]

Desde el cuarto principal, que un fantasma compartía con la abuela, vigilábamos la puerta de su casa materna, los ojos cruzando la calle en diagonal, cociéndose en el placer, o totalmente extraviados en su caldo. Los amantes son gavieros de su dicha, pero generalmente la alegría apaga el faro, y la madre irrumpe antes de que la falda esté en su sitio. A vigilar hemos venido a este mundo, de pronto aquella mujer descubre que estamos enamorados, esa otra se cuida de rozarnos con el sujetador porque nota que en nuestra imaginación le estrujamos el contenido, o el jefe averigua que nunca estuvimos enfermos, el policía adivina que nos gustaría patearlo, la profesora se percata de que su escote levantó una oleada de morbo que la acorrala contra la pizarra, mamá echa en falta unas monedas. De pronto crucifican al culpable. Y cuando son dos los que vigilan, porque quieren trabar la rueda del tiempo con sus desnudeces gemelas, se convierten en un monstruo de grandes ojos y muchas manos, que se amasa hasta obtener una textura uniforme, y no cesa de asombrarse —se nota especialmente en la tensión de los músculos del cuello— ante la amenaza de su propia eternidad.

[SUS EPIFANÍAS EN LA CIUDAD]

Ya desaparece de la memoria la ciudad, nada sostiene sus amados lugares, igual que empiezan a flaquear los postes que ayudan a las fachadas de las casas en ruinas. Los placeres con que nos celebrábamos se silenciaron hace tiempo, y cayeron grano a grano, como las habitaciones donde nos amábamos. El pasado no pudo mudarse a un vecindario que se mantuviera en pie, y que fuese posible recordar. En esos lugares, sin embargo, tuvo lugar el encuentro. Como un arco magnífico, destinado al placer, se tensaba su vientre, la espalda era el eco. En cuanto a la vida le resultó oportuno, no fueron pocos los dardos que hicieron blanco en su afán de creer. Del sueño viajera, y de su piel, sus actos de existencia, como suele suceder en estos viajes, no estuvieron exentos de dolor. Entre tanto se escuchaban las voces de otros, que se amaban y desamaban en las vidas contiguas.

[EL PASADO]

Antes de nuestro encuentro, Nancy vivía en un caserío lejano y polvoriento, como una flor exótica ajena a muchas vidas apagadas por el tedio. Tenía veinte años de ser morena y hermosa, dijo Raúl. El brillo de su cuerpo, el deseo en traje de flores, la noble imponencia de su cuello, la hacían reinar. El sol, que en aquellos lugares también es pobre, y el humo de la estufa campesina, se confabularon para teñirla. No obstante, iluminaba, y su luz era dura como el carbón de piedra, suave al tacto sin embargo. Siempre aparentaba estar ausente de su reino, su vivir era elemental espera, afán cotidiano su pobreza, su verdad ensueño.

[LAS MUERTES]

Cuando pude volver a verla, nos separaba un cristal, ella en un féretro, yo en otro, algo más grande, que los filósofos llaman el Ser, porque si una parte está muerta de pronto de la totalidad se puede predicar que vive. Ella no se movía y yo apenas aparentaba hacerlo. Parménides atinó a decir que aquí dentro es imposible moverse, y cualquier ex-periencia contraria no es más que a-pariencia, como ya lo demostró la tortuga. Está bien que lo diga, la muerte cuando menos lo pone a uno a filosofar. Vi su naricilla, que ella se sonaba hacia arriba, a diferencia de la mayoría de los mortales, tal vez para respingársela, y me imaginé la de Cleopatra, “que está en algún museo”. A los museos pertenecen los muertos, a nadie más por supuesto, ni a la muerte, que no es un ente sino un estado, tal vez, pero hay gentes que se consuelan velando solos a sus difuntos, recordarán ustedes que ella tenía dueño en este valle. Por eso le puse bozal a mi pena y la llevé enganchada de una correa, no sea que la muy perra se sobreactuara, o se pusiera a husmear por ahí con otros perros, ni en la sala la solté, la otra vez me hizo quedar muy mal, mordió a una señora que nada tenía que ver conmigo, la pobre, solamente se acercó a ver si yo era feliz. Cristal de por medio, la boca juguetona que años atrás repetía mis versos adolescentes como si fueran conjuros, su boca y su rostro dulce, el mismo pecho generoso —no me puedo quejar— en que me adormecía, sus cabellos en desorden sobre una almohada humilde, a quién van a pertenecer los muertos sino a quien pueda recordarlos, ese lunar sobre la ceja fue un frecuente destino de mis besos. Ya sé que por el barrio anda de civil un dios homicida que insiste en borrarme, comenzando por los recuerdos, se pasea en una flamante camioneta roja, le pregunta a los niños y dedica piropos obscenos a las muchachas que salen a comprar el pan, ya está dando mucho visaje, lo peor es que a todo el mundo le hace gracia verme de nariz contra una nueve milímetros. Perdónalos, Señor, como nosotros perdonamos a nuestros deudores y olvidamos pronto cuando nos ofendes. Con todo y eso, hice lo propio: me ocupé en desandar los lugares que nos pertenecieron, amante en ejercicio de fantasma, a falta de oficio conocido; pero los muros y sus lechos sin número nada me permitieron recuperar de quienes fuimos entonces.

Yo de verdad estaba pasando peligros en esas calles, pero era por una buena causa, cómo no iba a acompañarla ahora en su muerte si en los últimos años había dejado de acompañarla en su vida, y ese detalle había quedado en la impunidad. Que cómo la conocí, pues a través de un amigo, dueño de una rubia que orina en un saxofón, Horacio, que suele estar atento a las campanas, pues a menudo lo llaman a sexo de seis.

[LA PROMESA]

Sobre los escaños del parque, que hoy está invadido de maleza, flota la promesa de ser amantes siempre. Si alguna vez esas palabras fueron bellas, no tardaron en hacer agua y detenerse, como un barco de niebla. Allí han fondeado desde entonces, ajenas a los escombros que les acerca la tempestad.

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